Por el Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo
Hay una fantasía silenciosa —y bastante peligrosa— que muchos arrastramos: la idea de que somos bloques sólidos, coherentes y previsibles.
Nos esforzamos por construir una identidad clara —el psicólogo equilibrado, el padre presente, el tipo que “ya entendió todo”— y esperamos que esa imagen nos ordene por dentro, como si sostener ese personaje alcanzara para evitar cualquier contradicción. Pero la realidad es otra: la psique no es una unidad, es un campo de fuerzas en conflicto.
Desde la Terapia Gestalt, no somos una foto fija. Somos proceso, organismo en contacto, respondiendo a lo que aparece. Y a veces, lo que aparece no encaja con la versión de nosotros mismos que queremos sostener. Allí es donde empieza el ruido.
El mayor peso que cargamos no es lo que nos pasa, sino la idea de que no debería pasarnos. Ser una “buena persona” —empática, consciente, responsable— se vuelve una especie de contrato implícito: si hago todo bien, no debería sentir esto. No debería envidiar, ni irritarme, ni desear lo que no corresponde.
Pero alcanza con que algo toque un nervio sensible para que esa estructura se agriete. Y ahí aparece la vergüenza. No tanto por lo que hacemos, sino por lo que sentimos. Por la distancia entre quiénes creemos ser y lo que emerge cuando se nos cae el control.
Esa grieta no es una falla moral. Es evidencia de algo más honesto: estamos habitados por múltiples partes que no siempre se llevan bien entre sí. El “Deber Ser” no ordena, anestesia; nos aleja de lo que efectivamente está pasando.
Podés tener un doctorado en relaciones humanas y, aun así, encontrarte pedaleando en el aire frente a una situación que te desborda. La cabeza entiende, analiza y explica, pero las tripas tienen otro idioma y otro tiempo.
Podés saber exactamente qué te pasa y, aun así, no poder hacer nada distinto en ese momento. Esto rompe la ilusión de control y deja en evidencia algo incómodo: entender no alcanza. Hay una asimetría brutal entre la comprensión intelectual y la vivencia orgánica. En esa brecha aparece la autocrítica: “¿Cómo puede ser que me pase esto si ya lo trabajé?”. Esas preguntas no alivian, aprietan más.
La incoherencia no es el problema; el problema es pretender no tenerla. No somos falsos por sentir algo distinto a lo que predicamos, somos complejos. Podemos ser lúcidos y, al mismo tiempo, profundamente vulnerables; generosos y también mezquinos; seguros y a la vez necesitados. Todo eso convive.
Integrar nuestras inconsistencias no es justificarlas, es dejar de esconderlas. La integridad no es ser siempre el mismo, sino tener el coraje de reconocer a todas las versiones que nos habitan, incluso a las que incomodan. Lo que negamos actúa en las sombras; lo que podemos mirar empieza a transformarse.
Soltar la exigencia de coherencia absoluta no nos vuelve caóticos, nos vuelve reales. Nos saca del lugar de jueces de nuestra propia experiencia y nos pone en un lugar mucho más fértil: el de testigos curiosos de lo que nos pasa.
No somos inconsistentes porque nos falte voluntad. Somos inconsistentes porque estamos vivos. Reivindicar esa falla no es resignarse, es alivianarse. Porque la luz no entra por las partes sólidas, entra por las grietas.