Instagram


Tumblr

El guardaespaldas de la vulnerabilidad: Por qué el enojo enmascara el dolor

Seguro te pasó: vas caminando distraído y, de repente, el dedo chiquito de tu pie encuentra el ángulo perfecto de la pata de la mesa. La reacción es inmediata: una puteada al aire, un grito, quizás el impulso de patear la mesa. En ese segundo, el enojo es la figura: lo que se ve, lo que hace ruido, lo que ocupa todo tu campo visual. Pero si bajamos un cambio, sabemos que en el fondo lo único que hay es un dolor insoportable que nos dejó sin aire. Ese es el truco de magia que nuestra mente hace todo el tiempo. Y la tesis es simple pero demoledora: el enojo es, casi siempre, el guardaespaldas del dolor.

La fantasía de control vs. la pasividad del dolor

Sentir enojo nos da una sensación —falsa, pero efectiva— de poder. Cuando estamos enojados, nos sentimos activos: hay adrenalina, el cuerpo se tensa y aparece esa postura interna de “yo puedo con esto”. Es un estado que nos hace sentir fuertes, preparados para la batalla, dueños de la escena. El dolor, en cambio, es pasivo. El dolor nos sucede, nos atraviesa y nos obliga a reconocer nuestra vulnerabilidad. Admitir que algo nos duele es aceptar que no tenemos el control total y que alguien o algo tuvo el poder de afectarnos. Por eso la armadura del enojo es tan tentadora: es preferible sentirse un guerrero furioso que una persona herida.

La sabiduría del organismo: contracción y descarga

Lo que ocurre en nuestra mente tiene un correlato exacto en el cuerpo; el organismo funciona como una unidad:

Contracción: cuando recibís un golpe físico, el cuerpo se tensa para proteger los órganos vitales. A nivel psíquico pasa lo mismo: ante un “golpe” emocional, nos contraemos. El enojo es esa rigidez, esa armadura que se endurece para que el impacto no llegue más profundo.

Descarga: si te martillás un dedo, necesitás saltar, gritar, mover el cuerpo. Es energía que busca salir para que el sistema no colapse. El enojo es esa descarga inmediata ante un impacto que no podemos procesar de golpe. El problema aparece cuando nos quedamos “gritándole a la mesa” toda la vida y nunca nos sentamos a mirar cómo quedó la herida.

 El terapeuta como traductor de emociones

En mi consultorio, suelo decir que el terapeuta funciona como un traductor. El paciente llega con un discurso lleno de exclamaciones, broncas y reclamos hacia los demás. Mi trabajo es ayudar a traducir ese idioma del enojo al lenguaje del dolor, que es donde realmente ocurre la integración. Cuando logramos hacer esa traducción, lo que antes era un ataque se convierte en una necesidad, y ahí empieza el trabajo verdadero.

  • Lo que gritamos: “¡Llegaste tarde otra vez, no te importo nada!” La traducción: “Me duele sentir que mi tiempo no tiene valor para vos; me hace sentir invisible.”
  • Lo que gritamos: “¿Por qué hiciste esto sin avisarme? ¡Sos un desconsiderado!” La traducción: “Me duele sentir que no soy parte de tus decisiones; me asusta no tener un lugar en tu mundo.”
  • Lo que gritamos: “¡Estoy harto de encargarme de todo, nadie mueve un dedo!” La traducción: “Me duele sentirme solo con toda esta carga; necesito sentirme sostenido.”

Pasar del grito al llanto

Ese es el momento del clic en una sesión: cuando el tono de voz baja, los hombros caen y el discurso deja de ser hacia afuera para empezar a mirar hacia adentro. Es el paso de la figura al fondo. Cuando la armadura del enojo cae, aparece el dolor, y es ahí donde realmente podemos empezar a construir. Porque con el enojo solo se puede pelear, pero con el dolor compartido se puede vincular. La paradoja es que la armadura que te protege del dolor es la misma que te impide el contacto. Y mientras sigamos defendidos, seguiremos lejos de aquello que más necesitamos: ser vistos, ser sostenidos, ser tocados donde realmente duele.

Lic. Gonzalo N. Saez Miraldo

 

Contacto

  • Teléfono: 11 2455 7707

  • Email: nirenespacios@gmail.com

  • Ubicación: Eduardo Acevedo 540 Caballito. Ciudad de Bs. As.



Instagram


Tumblr

Copyright © 2026 – Monitoreate Consultora