El diagnóstico como celda: Por qué “el narcisista”, “la loca” y “el border” son etiquetas que matan el encuentro

El diagnóstico como celda: Por qué las etiquetas matan el encuentro

Por el Lic. Gonzalo Nicolas Sáez Miraldo

Hoy no nos peleamos con personas, nos peleamos con diagnósticos. Entrás a las redes y parece que todo el mundo salió con un “narcisista”, que todas las ex son “locas” o todos los ex son “psicópatas”, y que cualquier desborde emocional es un “border”.

Como psicólogo con años de clínica, veo a diario cómo esta tendencia a patologizar el vínculo no ayuda a entender nada; al revés, funciona como un muro que impide que dos personas se encuentren de verdad.


La psicopatología de bolsillo: el diagnóstico como arma arrojadiza

Cuando el conflicto escala y el dolor aprieta, la etiqueta aparece como una solución mágica. Pero no nos engañemos: no es una solución, es un mecanismo de defensa. Al decir que el otro “es tal cosa”, lo que estoy haciendo es ubicar el problema afuera.

El ejemplo del “narcisista” es claro. Hoy se usa para cualquier persona que tiene un rasgo de egoísmo o que no puede validar nuestra emoción en un momento dado. Al etiquetarlo así, yo me convierto automáticamente en la víctima.

Si el otro es el problema, yo ya no tengo nada que revisar de mi propia conducta. Se termina el baile vincular y empieza una guerra de posiciones donde cada uno se afirma en su lugar. En ese movimiento, el vínculo deja de ser algo vivo y pasa a organizarse de manera rígida. Se pierde la fluidez del contacto.

“Locos”, “locas” y “border”: la invalidación del sentir

Estas son las etiquetas favoritas para anular la vulnerabilidad del otro cuando incomoda o interpela. Decir que “mi ex era una loca” o “mi ex un loco” es un recurso clásico para no hacerse cargo del desastre compartido.

Si el otro está fuera de sus cabales, entonces su reclamo pierde validez. Lo que siente deja de ser escuchado como experiencia y pasa a ser leído como síntoma. Algo similar ocurre con el uso liviano del término “border”, que hoy se aplica a cualquier reacción afectiva intensa.

En lugar de preguntarnos qué está pasando, directamente descalificamos. Ahí se produce una forma de violencia más sutil: se le quita al otro valor de verdad. Ya no importa por qué sufre, solo importa que “está mal”.


El pacto secreto: entendiendo la colusión

Si el diagnóstico es el muro que separa, la colusión es lo que mantiene el vínculo funcionando, aunque sea en conflicto. Es el acuerdo inconsciente donde las dificultades de uno encajan con las del otro.

El negocio del “sano” y el “loco” es un buen ejemplo:

  • Para que alguien pueda sostener que “yo me banco todo porque el otro está mal”, necesita que el otro efectivamente se desborde.

  • Ese desborde confirma su lugar de “cordura”.

  • A cambio, el otro encuentra a alguien que lo contiene o lo ordena, aunque sea desde el juicio.

Lo que en algún momento pudo haber funcionado como solución, con el tiempo se rigidiza y se vuelve repetición. El vínculo queda atrapado en una dinámica que se sostiene sola.


La trampa de los roles rígidos: el guion que nos quita la vida

La patologización no solo etiqueta, también organiza un guion. Cada uno ocupa un papel y lo repite. Uno queda como el que analiza, sostiene o “está bien”. El otro como el que desborda, falla o “tiene que cambiar”.

El problema no es que existan estos lugares, sino que se vuelvan fijos. Cuando siempre sos el mismo en la relación, el vínculo pierde movimiento. La salud no tiene que ver con no tener conflictos, sino con la posibilidad de moverse dentro de ellos. De poder cambiar de lugar, de no quedar atrapado en un solo rol.


Hacia una clínica de la responsabilidad

Desarmar este sistema no implica negar el sufrimiento ni dejar de nombrar lo que duele. Implica cambiar la mirada. La pregunta deja de ser qué “tiene” el otro y pasa a ser qué está pasando entre nosotros. Esto no es una cuestión de culpa, sino de responsabilidad. Tiene que ver con poder reconocer la propia implicación y la posibilidad de hacer algo distinto. El encuentro no aparece cuando encontramos la etiqueta correcta, sino cuando dejamos de usarla como forma de cerrar lo que en realidad sigue abierto.

A veces no usamos diagnósticos para entender; los usamos para no tener que cambiarnos de lugar.