Espacios de Decisión
Duelos desautorizados: Cuando la pérdida es invisible
Con el pasar de mi práctica en el consultorio llegué a una conclusión: hay dolores que no tienen nombre, pero que ocupan todo el espacio. Son los duelos invisibles, aquellos que no tienen lugar en la cultura ni en la sociedad; los que se minimizan, pero no dejan de ser dolorosos y necesitan su proceso para ser elaborados.
Las pérdidas duelen, siempre. Porque con lo que muere, también muere algo de nosotros. Debemos tener la suficiente conciencia de qué perdimos con lo que perdimos. No basta ver el muerto en el cajón; tenemos que ver qué parte nuestra quedó ahí al lado, a punto de ser enterrada.
Este proceso es evidente ante la muerte de un ser querido: la cultura lo acepta, existe el luto, los rituales y los espacios que dan paso a la expresión del dolor. Llevamos flores, tiramos tierra y enterramos; con eso, enterramos parte de lo que somos.
Sin embargo, existen otros duelos que no tienen una “autorización” cultural. Son invisibles, pero pueden ser tan profundos como cualquier otro. No hay flores, no hay días de licencia en el trabajo y nadie te llama para ver cómo estás. Pero por dentro, estás partido en veinte. En estos procesos aparece la soledad profunda de quien sufre por algo que el resto considera “menor”.
Algunas categorías de duelos desautorizados:
Un zoom sobre el dolor invisible
Vínculos periféricos
En la clínica hablamos de la validación social del duelo. Cuando una relación no tiene un nombre oficial (amantes, amigovios, o ese vínculo histórico), el que sufre carece de testigos. Al no haber otros, al psiquismo le cuesta simbolizar la pérdida. Se vivencia como un duelo solitario. ¿Alguna vez escucharon decir “mi ex-amante”? Probablemente no, o se dice con mucho reproche social. La falta de un “título” no le quita peso al vacío que deja la ausencia.
Pérdidas de identidad
El sí mismo (Self) se construye en relación con un contexto. Al dejar una profesión de años o mudarnos del barrio donde nos sentíamos “alguien”, perdemos el espejo que nos decía quiénes éramos. No es simplemente extrañar un lugar, es el duelo por la persona que ya no somos en ese escenario. El jubilado que pasa a retiro muchas veces está aterrado porque ya no es “el Doctor” o “el Jefe”. Ese vacío de propósito es un duelo que suele confundirse con depresión, pero es, en realidad, una pérdida de identidad.
Duelo por elección (La paradoja de la decisión)
Existe el mito de que si uno tomó la decisión (renunciar, separarse o mudarse), no tiene derecho a sufrir porque “lo quiso así”. Pero la decisión es un acto volitivo, mientras que el sentimiento es un proceso del corazón. Tomar una decisión sana no quita que sea dolorosa. Elegir tu libertad o tu salud mental también implica una pérdida. Autorizarte a llorar lo que dejaste atrás es lo que te permite avanzar hacia lo nuevo sin culpa.
Duelos adolescentes
Cuando la familia critica que el adolescente “duerme todo el día” o cuestiona cómo camina, en realidad está atacando una reestructuración psíquica profunda. El adolescente no es vago: está procesando una pérdida masiva.
Conclusión
Hacer visible lo invisible es el primer paso de cualquier proceso terapéutico serio. Si hoy sentís un vacío por ese adolescente que ya no sos, por ese vínculo que nunca tuvo nombre o por esa decisión que tomaste para salvarte pero que igual te duele, no sos “exagerado” ni estás “estancado”. Estás transitando un duelo que el mundo, por ceguera o por prisa, decidió no autorizar.
En el consultorio veo a diario cómo lo que no se nombra se convierte en síntoma: insomnio, ansiedad o desconexión. El objetivo no es “olvidar” rápido para volver a producir; el objetivo es integrar.
Entender que:
Validar tu pérdida es el acto de mayor respeto que podés tener con vos mismo. Solo cuando el duelo se autoriza, la vida vuelve a tener lugar para lo nuevo.
Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo