Por el Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo
Hay una idea instalada en el sentido común: que cuando aparece un tercero (una amante, un trabajo absorbente, una adicción, un hijo ocupando todo el lugar), ese elemento viene a romper la pareja. Sin embargo, en la clínica muchas veces observamos lo contrario: ese tercero es el que está evitando que la pareja se caiga.
A esto le llamamos el “Tercer Sostén”. Es ese elemento que se introduce en la dinámica vincular para drenar la tensión que los dos miembros de la pareja no pueden gestionar por sí solos.
Cuando el vínculo se vuelve insoportable, asfixiante o simplemente vacío, la angustia crece. Si la pareja no tiene herramientas para tramitar ese dolor cara a cara, el sistema busca una vía de escape.
El tercer sostén puede ser cualquier cosa que desvíe la mirada del conflicto central:
Una infidelidad: El amante no viene a reemplazar al cónyuge, sino a dar el “aire” necesario para seguir tolerando el matrimonio.
El exceso de trabajo: Refugiarse en lo laboral para no llegar a una casa donde el silencio aturde.
La triangulación de un hijo: Poner toda la energía en la crianza para no tener que mirarse como hombre y mujer.
Lo curioso del tercer sostén es que, aunque parece un acto de traición o alejamiento, suele ser un intento desesperado de permanencia. La persona introduce este elemento para “aguantar”.
El problema es que este sostén es artificial. No resuelve la base de la crisis de pareja, sino que la anestesia. La relación se vuelve un edificio apuntalado por andamios externos: si sacamos el trabajo, si sacamos al amante o si los hijos se van de casa, la estructura original colapsa porque nunca aprendió a sostenerse por sí misma.
Para salir de la lógica del tercer sostén, es necesario realizar un movimiento doloroso pero sanador: quitar los andamios.
Esto implica dejar de mirar al tercero (sea persona o actividad) y volver a poner el foco en la díada. Es fundamental preguntarse: ¿Qué estamos dejando de decirnos? ¿A qué le tenemos tanto miedo que necesitamos una distracción para seguir juntos?
La salud de un vínculo no se mide por la ausencia de crisis, sino por la capacidad de los integrantes de sostenerse mutuamente sin necesidad de muletas externas.
Si sientes que tu pareja depende de un “tercer sostén” para funcionar, es el momento de mirar el fondo del vínculo. Reconocer la función de ese tercero es el primer paso para decidir si queremos construir un suelo firme o si seguiremos viviendo en una estructura que, aunque parece estar en pie, está vacía de encuentro real.