Espacios de Decisión
La vara despareja: una reflexión sobre la jerarquía afectiva
Empiezo con una pregunta que un día me hizo un colega y que todavía resuena: ¿por qué a un amigo no le dejás pasar cosas que a una pareja sí?
La escena es conocida. Un amigo te cancela un plan a último momento por tercera vez. Ponés un límite o dejás de insistir. La relación se enfría. Ahora, ¿qué pasa cuando eso mismo lo hace tu pareja? Ahí la vara se mueve. Justificás. Editás el guion. “Entendés” que tuvo un mal día. Te convencés de que no era para tanto.
Y aparece algo clave: a quien más acceso le damos a nuestra intimidad, es a quien más permisos le otorgamos para descuidarnos.
Con un amigo, el vínculo se sostiene en el disfrute y la reciprocidad. Si eso se rompe, el costo de salida es bajo. En la pareja, en cambio, la inversión es otra: tiempo, proyectos, hijos, convivencia, identidad. Esa jerarquía que le damos al vínculo amoroso nos vuelve rehenes de nuestra propia apuesta.
El miedo a que “el castillo se derrumbe” por poner un límite hace que retrocedamos nuestra frontera personal, un poco cada vez. Lo que en otro vínculo sería un “basta”, en la pareja muchas veces se convierte en una negociación eterna.
Desde la Gestalt, esto puede pensarse como confluencia: cuando el límite entre el “yo” y el “otro” se vuelve difuso. Con un amigo, la frontera es clara. Con la pareja, muchas veces se vuelve porosa. Cuando no hay frontera, todo se mezcla: lo del otro te lo cargás vos.
Sentís que tenés que amortiguar lo que pasa para que el “nosotros” sobreviva. Y, sin darte cuenta, empezás a permitir lo que en cualquier otro vínculo no aceptarías. Si no hay límite, no hay respeto, porque no hay un otro diferenciado a quien respetar.
Hay una frase que resume esto con precisión: “Lo pasado pasa, lo vivido queda y lo inconcluso pesa”.
Cada vez que bajás la vara para evitar conflicto —un desplante, un grito, una indiferencia— dejás algo abierto. Esa energía que usás para digerir lo que no deberías haber aceptado es energía que le sacás a tu presente.
Y eso no desaparece. Se transforma en síntoma: ansiedad, insomnio, falta de deseo o una sensación de hartazgo que no sabés bien de dónde viene. Pero viene de ahí: de todos los límites no puestos que se fueron acumulando.
Que tu pareja sea una prioridad es saludable, pero esa prioridad no puede ser un cheque en blanco para el descuido. Una jerarquía afectiva madura entiende que el amor no es una excepción a la salud mental, sino su máxima expresión.
Si para que el vínculo funcione tenés que aceptar lo que a nadie más le aceptarías, no es amor: es un contrato de sumisión invisible.
La jerarquía afectiva no debería habilitar el descuido, sino todo lo contrario: a mayor intimidad, mayor compromiso de cuidado. Si para que una relación funcione tenés que aceptar lo que a cualquier otra persona le cortarías de una, no estás construyendo un vínculo: estás gestionando una deuda emocional que tarde o temprano te va a pasar factura.
No esperes a que el otro cambie o “se dé cuenta”. El límite no es un muro para alejar, es la línea que define dónde terminás vos y dónde empieza el otro. Recuperar esa vara, nivelarla y darte el lugar que te corresponde es el primer paso para dejar de cargar mochilas ajenas y empezar a vivir con menos peso y más presencia.
Porque donde no hay límites, no hay amor: hay desgaste.
Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo