Multiplicar(nos): Por qué aceptar no es suficiente y el control es una trampa
A menudo pensamos en multiplicar como una operación matemática. Sin embargo, cuando lo llevamos al terreno de la experiencia humana, multiplicar adquiere otro sentido: reconocer que no somos una única versión de nosotros mismos, sino múltiples formas conviviendo en un mismo cuerpo. No hay una identidad fija y estable, sino un entramado de estados, contradicciones, matices y formas de estar en el mundo que se activan según el momento, la historia y el contexto.
Multiplicar(nos) implica poder registrar esa diversidad sin forzarla a encajar en una idea rígida de quiénes “deberíamos ser”. Es reconocer que hay partes que conviven en armonía y otras que entran en conflicto, sin que eso necesariamente sea un problema a resolver. A esto lo llamo el arte de multiplicar: la capacidad de vernos en nuestras distintas formas sin la necesidad constante de ordenarlas, corregirlas o reducirlas.
Ahora bien, en este punto suele aparecer una palabra muy presente en el discurso actual: aceptación. Se habla de aceptar como si fuera una solución en sí misma, como si con eso alcanzara. Pero aceptar no es un punto de llegada, es apenas un primer movimiento.
Aceptar implica claudicar frente a un hecho: eso que siento, eso que me pasa, está ocurriendo y tiene una forma, más allá de lo que yo quiera. No depende de mi voluntad que exista o no. Y claudicar —aunque culturalmente se lo asocie con la debilidad— es, en realidad, un acto de lucidez. Es dejar de pelear con lo que ya es.
El problema es que muchas veces, después de aceptar, aparece una segunda capa de exigencia: “esto no debería estar pasándome”, “tendría que poder con esto”, “debería sentirme distinto”. Es ahí donde la aceptación queda corta y empieza una lucha interna que intensifica el malestar en lugar de aliviarlo.
Por eso aceptar no es suficiente. El verdadero trabajo es integrar. Integrar implica incluir eso que somos —incluso lo que no nos gusta— dentro de nuestra experiencia, sin necesidad de negarlo, taparlo o expulsarlo. No se trata de que nos encante todo lo que aparece, sino de poder hacerle lugar sin entrar en guerra con uno mismo.
El “Sí Mismo” como caja de Recursos
A lo largo de la vida, muchas personas llegan a consulta con una idea que se repite: “quiero conocerme a mí mismo”. Es una búsqueda legítima, pero muchas veces mal planteada. Porque supone que hay una esencia oculta esperando ser descubierta, cuando en realidad lo que encontramos es algo mucho más dinámico.
Prefiero pensar el sí mismo no como una esencia, sino como un conjunto de recursos: formas emocionales, cognitivas y corporales que fuimos construyendo a lo largo de nuestra historia para poder habitar el mundo. Recursos que en algún momento fueron necesarios, que tuvieron sentido en determinados contextos, pero que no siempre resultan eficaces en el presente.
Las exigencias que enfrentamos no vienen solo del entorno. También nos las imponemos a nosotros mismos, muchas veces sin darnos cuenta. Mandatos, ideales, formas de evaluarnos y de tratarnos que se fueron configurando a partir de nuestras experiencias tempranas.
Desde el inicio de la vida estamos en relación con un otro que nos sostiene, nos interpreta y, de algún modo, nos va dando forma. Antes incluso de poder nombrarnos, ya estamos siendo leídos, organizados, significados. En ese vínculo se empiezan a estructurar muchas de las formas en las que después vamos a sentir, pensar y actuar.
Al nacer contamos con la sabiduría del cuerpo y con mecanismos básicos de autoconservación. Es en el encuentro con ese otro donde la experiencia empieza a organizarse y donde se hace posible la supervivencia. Sin ese sostén inicial, no hay desarrollo posible.
Olvidar ese origen tiene consecuencias. Cuando perdemos de vista de dónde vienen nuestras formas de funcionar, empezamos a tratarnos como si todo dependiera exclusivamente de la voluntad. Como si cambiar fuera simplemente una cuestión de decidirlo. Y no funciona así.
Si pudiéramos reconocer con mayor claridad lo que fuimos —seres profundamente dependientes—, probablemente podríamos construir una relación más honesta y menos exigente con nosotros mismos. Las primeras experiencias no quedan atrás: siguen operando, de distintas maneras, a lo largo de toda la vida.
La fantasía del control vs. la verdad que calma
Si hay algo que caracteriza a nuestra época es la dificultad para tolerar la incertidumbre. Necesitamos saber, anticipar, prever. Buscamos certezas, puntos de apoyo, algo que nos dé la sensación de que el terreno es firme. En ese contexto, el control aparece como una solución.
Pero el control no es más que una fantasía de previsión. Una forma de intentar domesticar lo incierto para no entrar en contacto con lo que nos desborda. Creemos que, si logramos controlar lo suficiente, vamos a evitar el malestar. Sin embargo, ocurre lo contrario.
Cuanto más intentamos controlar, más rígida se vuelve nuestra relación con la realidad. Y cuanto más rígidos nos volvemos, más difícil se hace el vínculo con nosotros mismos y con los otros. Porque la vida, inevitablemente, desborda cualquier intento de control total.
No controlamos lo que sentimos. No controlamos todo lo que nos pasa. Y, aun así, insistimos en hacerlo, pagando el costo en forma de frustración, agotamiento y sufrimiento.
En este punto aparece otra idea muy difundida: que el sufrimiento es opcional. Que, de algún modo, podríamos elegir no sufrir si tuviéramos la actitud correcta. Pero esto no es así.
Nadie elige el sufrimiento psíquico. No le podés decir a alguien que atraviesa una pérdida, una traición o una situación límite que “elige sufrir”. Eso no solo es falso, sino que además agrega una carga innecesaria sobre alguien que ya está padeciendo.
El problema no es sufrir. El problema es no poder encontrarle sentido a lo que nos pasa.
Por eso el objetivo no es “dejar de sufrir”, como si fuera una elección voluntaria. El trabajo es otro: acercarnos, en la medida de lo posible, a formas más verdaderas de comprender nuestra experiencia.
Porque cuando algo empieza a tener sentido, el padecimiento cambia. No necesariamente desaparece, pero se vuelve más habitable. La verdad no elimina el dolor, pero lo ordena, lo vuelve soportable, lo inscribe en una trama que deja de ser puro caos.
Y quizás ahí es donde todo vuelve a conectarse.
Multiplicar(nos) no es solo reconocer que somos muchos, sino dejar de exigirnos ser uno solo bajo control. Es permitir que esas distintas partes encuentren un lugar, sin necesidad de ser anuladas ni forzadas.
En ese movimiento, el control pierde fuerza. Y en ese mismo movimiento, algo de la verdad —no como certeza absoluta, sino como experiencia vivida— empieza a aparecer.
No más perfecta.
No más ordenada.
Pero sí más real.
Y en esa realidad, aunque incomode, hay algo que finalmente calma.
Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo