Espacios de Decisión
Hay una forma de orgullo muy silenciosa, y es la de quien se queda atornillado al lugar de víctima para no bajarse jamás del pedestal. Parece una contradicción, pero el “pobre de mí” es, muchas veces, el disfraz de una soberbia absoluta. No perdonar se convierte en una decisión de poder: mientras yo sea el herido y vos el victimario, yo tengo el mazo y vos me debés algo. Es posicionarse en una superioridad moral donde “yo no me equivoco como vos”. Como “a mí me hirieron”, ahora tengo el derecho ganado de señalarte, juzgarte y, sobre todo, de no revisarme. La victimización es el escudo que usa la arrogancia para no bajarse al barro de la igualdad. “Vos sos el que rompió, yo soy el que sufre; por lo tanto, yo soy mejor que vos”. El lugar de víctima suele verse como un lugar de pasividad, pero en los vínculos es una posición de control total. Es una arrogancia pasivo-agresiva.
Esta arrogancia del damnificado es letal porque anula cualquier chance de reparación. Al creerme de una madera distinta, más “limpia” o ética que la tuya, clausuro el encuentro entre pares. El victimismo crónico funciona como un escudo de impunidad: “como a mí me dolieron, yo tengo derecho a juzgarte eternamente”. Pero la realidad es que para sanar hay que soltar el cetro de juez. Perdonar no es validar lo que pasó, es dejar de usar la herida como un arma para dominar al otro. Es, básicamente, aceptar nuestra propia humanidad —con toda su sombra— para poder volver a mirar al otro a los ojos.
En los vínculos de pareja, el rencor suele funcionar como un “archivo” que sacamos a relucir en cada discusión. Es la factura que nunca terminamos de pagar. Cuando el perdón se usa como herramienta de manipulación (“bueno, te perdono, pero ahora hacé esto”), el vínculo se vuelve una transacción comercial, no un encuentro afectivo.
La reparación real en la pareja no es borrar el pasado, es actualizar el vínculo. Es aceptar que el daño ocurrió, entender qué parte nos toca a cada uno en esa dinámica y decidir si queremos seguir adelante con esa cicatriz. Sin perdón, la pareja se convierte en un campo de batalla donde siempre hay un fiscal y un acusado, y en ese escenario, el amor se termina asfixiando.
Esto lo vemos mil veces: alguien se manda una macana, siente el peso de la culpa y sale corriendo a pedir perdón. Pero ojo, porque muchas veces ese “perdón” no es para reparar al otro, sino para aliviarse uno. Es una demanda disfrazada de disculpa: “Ya te pedí perdón, ¿por qué seguís con cara larga?”.
Esa es una forma de violencia sutil. Pedir perdón no le quita al otro el derecho a estar dolido, enojado o roto. Cuando pedimos disculpas y pretendemos que el otro “nos libere” automáticamente de la culpa, le estamos cargando una obligación a quien ya está lastimado. El perdón es una oferta que el otro puede —o no— aceptar en su propio tiempo. Aprender a bancarse el silencio o el enojo del otro después de haber pedido perdón es, quizás, el acto de mayor humildad y reparación real.
Lic. Gonzalo Nicolas Saez Miraldo